La Salada y la industria textil

Una nota de hoy de Clarín Zona, que subtitula “La trama de un negocio que oculta fraude, abusos y evasión“. Coincidimos en que oculta fraude, pero estamos convencidos de que también muestra, a los gritos para quienes estén dispuestos a escucharlo, algunas de las cosas sucias entre las cuales vivimos.
Conste que no avalamos a La Salada… tampoco a quienes (desde lados diferentes) denuncian.
Al final de la nota me explico, primero prefiero que leas lo que dice la gente de Clarín; la nota en sí es interesante. Si querés, después reflexionamos juntos.

 
 

La Salada y la industria textil
La trama de un negocio que oculta fraude, abusos y evasión

16/10/11 – 01:13

Las cámaras empresarias admiten que casi el 80% de la producción está “en negro”. Y el “CEO” de La Salada quiere exportar el modelo de la feria a Miami. Radiografía de un fenómeno imparable.

Por Marcelo Larraquy – INVESTIGACION

 

En noviembre de 2008, Mauricio Jiménez escuchó en una radio de Bolivia un aviso que anunciaba que en Buenos Aires necesitaban trabajadores para talleres de costura. Se contactó, le pagaban el pasaje, Jiménez llegó a Liniers. Lo recibieron en la estación de micros. Una combi lo llevó a un taller del conurbano bonaerense, que producía ropa para ferias como La Salada. Le prometieron 450 pesos por mes. Empezó a trabajar de 7 a 22, de lunes a viernes, 5 horas los sábados y la promesa de salir el domingo cuando saldara el pasaje.
 

En la pausa laboral tenía un plato de comidas para alimentarse en el cuarto que compartía con otros inmigrantes. Las ventanas tenían rejas y las puertas de calle estaban cerradas con llave. Nadie podía salir por su propia voluntad. Los domingos, cuando Jiménez empezó a salir, le retenían su cédula boliviana. En cuatro meses de trabajo, le debían 1.500 pesos, pero con el descuento de vales por comida sólo llegó a cobrar cien pesos.
 

Es la misma historia de Beti Quispe, que trabajó un mes para pagar el pasaje desde Bolivia, o la de Victor Alanoca, interceptado apenas llegó a Liniers, y enviado al taller, bajo la promesa de brindarle vivienda, comida y trabajo. O la de Jhonny Carlos Mamani que llegó con su esposa, y confeccionaba 70 prendas por día en un taller de Villa Madero del que no podía escapar hasta no poder “pagar sus deudas”.

 
Muchos inmigrantes quedan atrapados, sin documentos ni dinero en los talleres, y en algunos casos, las jóvenes son sometidas a las peores degradaciones por los talleristas que las contratan.

 
Los expedientes judiciales están repletos de historias como estas, historias que permanecen asfixiadas en el subsuelo de la Argentina, donde el único relato que se escucha es el de la marginación y el abuso; historias que están sucediendo en talleres de Flores, Villa Madero, San Martín y en los cascos urbanos de las provincias en los que se fabrica ropa, y donde al Estado le da pereza golpear la puerta para intervenir.

 
De los expedientes se desprende una metodología recurrente: transporte de las víctimas desde Bolivia, el engaño, la coerción al trabajo, la amenaza, muchas veces violencia, la reducción a la servidumbre y la trata de personas, siempre con el mismo escenario: el taller de confección.

 
Según el convenio laboral, un costurero debe ganar, en promedio, alrededor de 3.000 pesos por ocho horas. En los talleres clandestinos es difícil que logren obtener la mitad de ese dinero por el doble de la carga horaria.

 
El 78% de la ropa que se produce en el país se hace con trabajadores fuera del sistema legal. Se lo reveló José Ignacio de Mendiguren, hoy titular de la UIA, cuando era vicepresidente de la Cámara Argentina de la Indumentaria, al entonces ministro de Economía Martín Lousteau, en febrero de 2008.
Es decir, entre 150.000 y 200.000 trabajadores. La Defensoría del Pueblo estimó en 12 mil los talleres clandestinos en todo el país y por lo menos 3.500 en la Capital Federal. La Salada es apenas la punta de ese iceberg.

 
Ya terminó la época en que las marcas de ropa tenían sus propios talleres en los que ejercían todo el proceso productivo, hasta llevarla a los locales de venta. Pero todavía cuentan con talleres de corte. En esta instancia, en términos laborales e impositivos, las cuentas suelen estar más o menos en orden. Pero cuando los cortes de la prenda se derivan hacia otros talleres para su confección, la producción ingresa en territorio sórdido y comienza a desentenderse del circuito legal.

 
Funciona así: la marca encarga los paquetes de sus telas cortadas a una empresa intermediaria y esta, a su vez, se la entrega al tallerista para que la confeccione en las máquinas de coser con su personal informal, hasta que los paquetes vuelven otra vez al depósito de la marca.

 
También puede suceder que algunas marcas envíen en forma directa sus cortes a los talleres clandestinos. O que marca, taller y local de venta sea del mismo propietario. En este proceso, la marca puede obtener ganancias entre el 30 y el 50% del precio de venta de la prenda (Infografía de pág. 32)

 
Pero la clandestinización de la producción también supone riesgos. Como los talleristas cuentan con la tela y el molde para confeccionar la prenda, el “secreto industrial” queda liberado. Les resulta muy sencillo vender sobrantes de la producción en ferias como La Salada. Muchos talleristas reconstruyen la moldería, la confeccionan y venden la ropa de marca como propia.

 
Si hay un bajo nivel de fidelización del taller clandestino con la marca puede suceder que un vehículo utilitario se lleve la mercadería confeccionada para el depósito de la empresa y luego al shopping. Y que desde el mismo taller, de la misma producción, quizá con una confección algo menos delicada, otro utilitario la lleve a La Salada y la venda el propio tallerista. Esta “fuga de la producción” es un riesgo calculado de las marcas. A menudo optan por pagarle la confección con parte de la producción.

 
La metodología no es novedosa. También la aplica la mafia napolitana. El libro “Gomorra”, de Roberto Saviano, relata que un boss de una familia convoca a talleristas para una subasta: confeccionar las prendas de los mejores diseñadores italianos, Valentino, Ferré, Versace. Él les da la tela y el molde, y escucha ofertas. Al primero que cumple, le paga en dinero. Al resto, con parte de la producción. Y no se trata de imitaciones. Lo más parecido a una copia auténtica. Y las prendas con errores de confección las mandaban al outlet o a la venta callejera.

 
La Feria de La Salada, el mercado de venta informal más popular de América Latina (véase infografía página 33) se fue gestando hace poco más de veinte años por un pequeño grupo de talleristas bolivianos que se rebelaron contra los cheques a 90 días que les entregaban las marcas a las que le confeccionaban la ropa. Hasta que uno de ellos decidió venderla en el baúl de un auto en Puente La Noria a precios populares. En pocas horas agotó el stock. Y cobraba en el momento y en efectivo, como revela el periodista Nacho Girón en su libro “La Salada”.

 
De esta manera, si el tallerista clandestino, liberado de toda estructura impositiva o de trabajo formal, asume la venta directa de su producción, sólo tiene costos de alrededor del 20% del precio de la prenda. El resto es ganancia. Esto, por una parte, explica la diferencia de valor entre una prenda de La Salada o de un shopping, aunque sea la misma. También explica el fenómeno comercial: en La Salada hay 30.000 puestos de 3 o 4 m2 por los que los talleristas pagan entre 150 y 500 pesos en efectivo y por día. Si lo desean comprar, vale U$S 100.000

 
“Nosotros sinceramos la cadena de valor. Sinceramos los precios. Argentina es el país que vende la ropa más cara del mundo. Me compré esta camisa Tommy en Orlando a 15 dólares. Acá vale más de 500 pesos. Para nosotros, el que fabrica vende. Terminamos con la intermediación”, afirma Jorge Castillo, hombre fuerte de La Salada, mientras prepara una ronda de negocios con talleristas y marcas para exportar el modelo de La Salada a Miami (véase Entrevista).

 
En cambio, para Gustavo Vera, responsable de la Fundación La Alameda y “cazador” de talleres clandestinos, el secreto de La Salada no está en la alta productividad de sus talleres, sino en la ilegalidad. “En términos reales, si los talleres que producen para La Salada estuvieran en regla, con trabajadores registrados y un sueldo de convenio, y pagaran impuestos, la mercadería no tendría el precio que tiene”. Y continúa: “Es cierto que La Salada fue una rebelión de talleristas contra las marcas. Pero no cambiaron la estructura laboral: los costureros están en la misma situación, aunque produzcan para La Salada o para las grandes marcas. Replicaron el sistema”.

 
Este es un punto clave de disenso. “En los talleres que trabajan para La Salada no hay servidumbre. Cada uno produce lo que quiere. Los mueve la ambición. Son Pymes familiares muy productivas”, asegura Castillo. ¿Vos querés que yo ponga en blanco a mi hermana? ¿Para qué? ¿Para que se la lleven los otros?”, pregunta un tallerista que acompaña al CEO.

 

Vera promovió una megacausa judicial en la que están denunciados penalmente por distintos delitos a 106 marcas. Su estrategia fue hacerlos responsables del trabajo esclavo en los talleres a los que llegaban sus prendas para confeccionar. Esta semana fue llamado a declaración indagatoria por el juez federal Julián Ercolini el presidente de Kosiuko, Federico Bonomi, por “presunta reducción” a la servidumbre en un taller donde su producción habría sido “tercerizada”. Además, en la megacausa, 25 talleristas y dos intermediarios entre las marcas y los talleres clandestinos, fueron procesados por la justicia. Según Vera, a las marcas les duele más “el daño a su imagen” que las causas judiciales.

 
Una de las singularidades que produce la venta de ropa en La Salada es el cruce social. Los consumidores de clase media, asiduos visitantes de la feria, “compran marca” a un costo ínfimo. Si es necesario, simulan que la adquirieron en comercios. En las zonas pobres, los chicos sueñan con comprar zapatillas en locales del shopping para sentirse más integrados a una sociedad que los excluyó. Desprecian los productos de La Salada por “truchos”, aunque no sean tan diferentes a los “originales”. El 17 de julio de 2011, Clarín dio cuenta de una banda de jóvenes delincuentes de un barrio de La Matanza que cuando reunían dinero de varios robos compartían un código: gastarla, todos juntos, en ropa del shopping del Abasto.
Toda ropa de marca.

 
 

 

Con respecto a Gustavo Vera, te dejo estos links:
Su blog “La Alameda”, aquí
Unas notas de un profesor kirchnerista sobre él:
El hostigamiento a Eugenio Zaffaroni. ¿Quién es Gustavo Vera?
¿Quién es Gustavo Vera? – Segunda Parte
La Relación entre Bergoglio y La Alameda – Tercera Parte

  

Es difícil analizar… cuántas cosas… Ok, hagamos la clásica y vayamos por partes:

 

Las “marcas” usan a los “productores económicos”, llamalos como quieras… externalización de costos puede ser. Te acordás del caso de Nike, comprando trabajo infantil en Asia? Pero, esas reducciones de costos conseguidas en forma inmoral más que ilegal, terminan en un menor precio del producto? No me parece. Además, si un experto amoral (en el mejor sentido de la palabra) aconsejara, le diría a “la marca” que esa reducción de costos es de oportunidad, por lo cual no debe ser tomada en cuenta a la hora de fijar precios. Debe ser transformada en un beneficio extraordinario y aprovecharlo mientras dure…

 

Los que venden en La Salada, hay de todo, desde los saldos de las marcas (las que prefieren liquidar aquí y no en los shoppings), los talleres que les producen (a los que a veces las marcas les dejan un porcentaje, porque prefieren que sus productos circulen aunque no sean los que venden en los locales “oficiales”), los que copian, los que producen con trabajo esclavo, los que venden productos con su propia marca, de todo. Claro que el mover la cantidad inmensa de dinero que mueven, da un poder inmenso… lástima que no haya sido una cooperativa de trabajadores la que puso La Salada, verdad? Bueno, así es como yo lo pienso, no es obligatorio compartir.

 

La relación entre La Salada y el trabajo esclavo que se refleja en la nota, debe tener una finalidad, imagino. Si fuera una investigación que el periodista hubiera llevado un poco más adelante, habría relaciones entre el trabajo esclavo y los distintos canales de comercialización. Sólo pudimos encontrar, en la misma edición, la nota “El Estado también compra ropa ilegal“. Es un caso en el que el trabajo no registrado se vende a través de un canal comercial diferente de La Salada. Ah! y en una edición anterior (6/10/11), se puede leer (no hay imágenes, en estos casos nunca hay imágenes) Trabajo esclavo: citan a indagatoria al dueño de una reconocida marca de ropa. La marca es Kosiuko, el imputado es Federico Bonomi.
 

Los diferentes criterios de ricos y pobres con respecto a dónde comprar su ropa, tal como lo señala el cronista sobre el final del artículo, me resultó llamativo: gente de clase media que va a La Salada a comprar ropa que puede pagar en el shopping, pero elige el menor precio; por otro lado, pibes que roban para ir a gastarla en shoppings, despreciando La Salada por trucha … no no me digan que el mundo está loco. Ya lo sé.

 

Acercanos tu idea, y seguimos reflexionando; creo que da para mucho mas.

 

 
 
 

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